La feria de Sevilla (III): La feria del guiri

Si ayer vivimos la feria como un auténtico sevillano, hoy vamos a seguir las andanzas de un guiri por la feria.
Entiéndase por guiri a cualquier forastero que no conoce a nadie en Sevilla y que se acerca a vivir la juerga y el cachondeo mundialmente conocido y que los sevillanos somos los primeros en difundir a los cuatro vientos.
Comienza el guiri acercándose al recinto ferial y ya antes de entrar en lo que el Real se topa con los puestecillos de los alrededores en los que, en un impulso irrestible, decide fusionarse con el entorno, vivir la fiesta desde dentro y cumplir con todas las tradiciones. Por eso se compra un sombrero cordobés de plástico (ellos de color negro y ellas de color rojo). ¡Eso es mimetismo!.
No encontrarás por toda la feria a un sevillano portando tan llamativos complementos, por lo que el supuesto mimetismo se convierte en la señal inequívoca de “ahí va otro guiri”.
Lo primero es contemplar la portada. Magnífica construcción efímera, muy decorada, con miles de bombillas que lucirán horas después mostrando a la portada en todo su esplendor.
Las hileras de casetas adornadas, los caballistas vestidos de corto, un enganche de 6 caballos engalanados con primor, las flamencas, los bailes, el bullicio: ¡Tal y como lo habían imaginado!.
La estampa más costumbrista de una Sevilla expuesta al escaparate mundial y ellos están ahí: ¡Ya estamos en la feria de Sevilla!.
Tras cruzar el arco de la paortada cual emperador romano en su victorioso regreso, se mezclan con la bulla general.
La primera sorpresa es la total imposibilidad de transitar por las calles en una dirección predeterminada. Las calles están literalmente tomadas por millares de caballos, tiros, enganches y demás medios de transporte por tracción equina.
Cruzar de una acera a otra se antoja imposible, hay que apartar a los caballos, empujar grupas y sortear hocicos babeantes y amenazantes, con pavor a recibir un bocado o una coz. En el primer intento, van notando cómo el suelo parece tener poca consistencia y transmitir cierto calorcillo a los tobillos, pero no se atreven a mirar hacia abajo hasta haber completado la peligrosa misión.
Una vez en la otra acera, descubren que han pisado un mínimo de 4 boñigas de caballo. Con una mirada cómplice, los guiris acuerdan no volver a cruzar de acera.
Ahora viene lo bueno, ¡estamos en la feria!. Las casetas llenas, el sol dominando todo el paisaje, ese suelo de arena amarilla tan característica, las mujeres con sus trajes típicos bailando…
Es hora de entrar a una caseta y tomar una copita de fino.
¿Entrar en una caseta? En cada una de laas que se acercan ocurre lo mismo: Un securata les impide el paso y les solicita el carné de socio. ¿Carné? ¿qué carné? ¿Pero la feria no es libre?.

Pues no.

Aclaración: Las casetas las montan particulares que pagan una cuota durante todo el año para sufragar los gastos de montaje, desmontaje, compra de enseres, alquiler de guardamueble, transporte de ida y de vuelta, los derechos de montaje al ayuntamiento (que es una pasta, oiga), luz, agua, teléfono,… y muchas cosas más para tener un lugar donde sentarse a comer, beber, bailar y refugiarse del sol durante la feria y ahora no se me va a llenar la caseta de guiris para que yo no pueda entrar. La feria es de todos, pero mi caseta es mía.
Nuestros guiris han dado varias vueltas a la manzana y están hartos de no poder entrar a ningún sitio y observar cómo se divierten los demás, los pies empiezan a quejarse, ese polvillo amarillo que flota en el aire se pega al fondo de la garganta y comienza a ser muy molesto, el sol pega de pleno y hace un calor de narices, la camisa está completamente empapada, la cabeza hierve por el maldito plástico del sombrerito y se clava en la frente como una corona de espinas.
Para mayor indignación, en más de una caseta han observado cómo la gente entra libremente con un simple saludo al securata, pero en cuanto ellos se acercan, el guarda se interpone entre ellos y la entrada y vuelve con lo de: “¿el carné de socio, por favor?” (una pista, el sombrerito cordobés de plástico y la cara de despiste cantan bastante).
Al fin, agotados, acalorados, secos y hambrientos se deciden a preguntar a uno de estos porteros por una caseta en la que puedan entrar. La respuesta les hace renacer las esperanzas y les sube el ánimo: “Sí, en las casetas de distrito, que son de entrada libre”.
Las miradas vuelven a brillar, el flamenqueo les corre por las venas y la cosa no parece tan grave como hace 5 minutos. ¡Vamos a una caseta de distrito!.
Hay 5 casetas de distrito montadas por el ayuntamiento y hacia una de ellas se dirigen nuestros guiris. Se arman de valor y cruzan varias calles siguiendo el plano facilitado por el hotel y se acercan a la más cercana.
¿Qué es lo que sucede en esta calle? ¿Es una manifestación? ¿Ha ocurrido alguna desgracia en esa caseta? Cuando están más cerca descubren que ésa es la caseta de distrito y que no ocurre nada especial, salvo que está tan llena que la gente invade media calle.
¡Uy, esta está llena, vamos a otra que esté más despejada!. Pero la misma situación se repite y en el tercer intento, el hambre, la sed y el picorcillo de la garganta han envalentonado a los pobres guiris y deciden que entrarán en esta misma, que ya no andan más entre el bullicio y no soportan a una gitana más ofreciendo claveles, servicios quirománticos, ramitas de romero o estampitas del Gran Poder y la Macarena, que hay que ver que van hacia ellos en bandada y no les dejan dar tres pasos seguidos.
Entre empujones, pisotones y codazos consiguen entrar en la caseta, pero no encuentran la barra dónde pedir ese finito.
Al fondo de la caseta se ve una auténtica muralla humana y de ella ven salir, de vez en cuando a alguien cargado con un par de botellas y un plato con algo de comida. “Por allí resopla” dice uno de ellos con algo de humor. Y se introducen en ese monstruo de cuerpos apretujados.
Los graciosos sombreritos están completamente destrozados, las alas rotas, el interior empapado en sudor y alguno ha salido volando durante el asalto a la barra, pero se han hecho un huececito y lo defienden con valentía numantina. Los camareros van y vienen y ninguno hace caso a los discretos intentos de llamar su atención. Terminan por agarrar el cuello de uno que se acerca desprevenido y piden lo primero que se les ocurre:

– Una botella de fino y una ración de jamón.
– No hay fino
– ¿Cómo que no hay fino? ¿en la feria de Sevilla? ¿entonces esas botellas de qué son?
– Manzanilla de Sanlúcar
– Entonces una botella grande de eso.

Por fin, entre codazos y habiéndose derramado encima varias copas pueden disfrutar de la feria, una copa de manzanilla y una tapita de jamón. ¡Qué rico!
Ya que han pillado la técnica la repiten varias veces. Las botellas llegan enseguida, pero el jamón tarda un poco más y el pan viene una cestita por cada tres platos. Además del jamón se atreven con una ración de pescaito frito, y un platito de caldereta, cuya salsa termina en la pechera de uno de los guiris por un empujón a traición.
En la caseta hace un calor asfixiante, no se puede mover uno, no paran de recibir empujones y codazos, pero, al menos, han comido y bebido algo y una vez satisfecha esta necesidad básica, se opta por pagar la cuenta y dar otro paseo porque esa bulla es ya insoportable.
Aquí viene un punto de inflexión en la aventura: la cuenta

– ¡¿Cuánto dice?!
– ¡Estamos en feria, caballero!
– ¿Cuánto vale la manzanilla?
– 18 €
– ¿Las 6 botellas?
– N0, ¡cada una!, más 20 € cada ración de jamón, 25 € la del pescaito y lo demás…
Los vapores del alcohol se diluyen rápidamente (esta es la razón de que la manzanilla en feria no emborrache, se te quita la tajá de golpe al sacar la cartera).

Menos mal que durante la guerra de codazos y pisotones para alcanzar la salida se les olvida el sablazo recibido porque la supervivencia física es más importante que la económica.
Nuevas vueltas por la feria, de calle en calle, de caseta en caseta, pero siempre observando desde fuera.
Ahora toca ver eso que llaman “la calle del infierno” y hacia allá que se dirigen.
Nada más pasar la última fila de casetas entraron en un mundo inimaginable. Los sonidos, bocinas, pitos, llamadas y músicas se entremezclan en una algarabía insoportable que hacen totalmente imposible cualquier intento de comunicación hablada. Al principio se intenta hablar para consensuar hacia dónde dirigir los pasos, pero no funciona y el “grito pelao” resulta casi imperceptible y a la tercera palabra termina de irrritar la ya castigada garganta.
El instinto de supervivencia hace que pronto toda comunicación sea meramente gestual indicando un camino y señalando una atracción o puestecillo.
Por supuesto, no puede faltar un paseo en la noria para disfrutar de una vista general de toda la feria y lagún que otro “caharrito” que desprecie las leyes de la gravedad.
Es en este preciso momento cuando toda la manzanilla bebida decide hacer efecto a la vez y la conjunción de las fuerzas centrípetas, centrífugas, gravitacionales y estomacales provocan una vomitona en alguno de los guiris (esto es una ley no escrita de la feria: “en todo grupo de guiris hay, al menos uno, que vomita”).
La visión del jamón y el pescaito a medio digerir provoca el malestar generalizado en el grupo y, siempre por señas, acuerdan salir de ese infierno y volver al Real.
Se alejan del estruendo de la calle del infierno y vuelven a pasear por entre las casetas, pero en los oidos sigue sonando (y seguirá durante un cuarto de hora más) el guirigay entrmezclado de: “la tómbola – uuuuuuh – el auténtico tigre de bengala – aaaaaaagh – pipipipiiiiiiiii – siempre toca señoraaaaa – otra tostadora que regalamos – ni una shola palaaabra – no pares, sigue sigue – el auténtico gofreeeeee”
Las calles están ahora vacías de caballos y enganches y la gente anda por las calles libremente y ellos bajan de la acera para caminar con más espacio. Por el zumbido de los oidos no perciben un vehículo que se acerca por detrás y aparece un camioncito amarillo muy gracioso que va regando las calles y apartando las boñigas de caballo hacia las alcantarilas de los laterales. El agua les salpica hasta las rodillas y las cómodas zapatillas quedan totalmente empapadas y cubiertas de una especie de cieno que, mirado con atención, tiene restos de boñiga, albero, vomitona, sudor, manzanilla, salsa de caldereta y agua como elemento aglutinador.
El estómago advierte de que las necesidades alimenticias no están cubiertas, ni mucho menos, por lo que parece el momento de volver a luchar por la comida en una de las casetas de distrito.
El ambiente ha cambiado en la caseta, sigue igual de llena o más, pero la música que suena no son, para nada, sevillanas. Las canciones de Camela, Paulina Rubio, AC/DC, Los Chichos, Rosario Flores se van sucediendo en un concierto imposible. Además, se percibe una humareda que ahora, en lugar de amarillenta es más bien blanquecina.
Llegar hasta la barra cuesta menos, porque ya conocen la técnica, dejarse atrás la camisa les dá igual y meten los codos en las costillas sin ninguna compasión.
Sabiendo ya cómo las gasta la carta de precios, se tirán más por la tortilla de papas y los pimientos fritos que por el jamón y el pescaito. La manzanilla no ha dejado un buen recuerdo y mejor rebajarla con refresco, por lo que se decantan por unas jarrita de rebujito.
Manteniendo firme la posición consiguen alimentarse mejor, no beber tanto y controlar el presupuesto en un nivel admisible. Parece que empiezan a dominar la fiesta.
Pero se ven asaltados por una risa floja, el humo que flota en el aire es muy rico y se percatan de un extraño mercadeo a su alrededor con pastillitas de todos los colores.
Al salir a la calle (con un ciego de porro curioso) no ven las casetas de enfrente. Si antes había gente en la feria, ahora parece que la humanidad entera se ha teletransportado a esas calles de casetas.
Pero tranquilos, no es toda la humanidad, tan sólo ha venido medio Madrid a sumarse a los dos millones de personas que ya había metidas en la feria.
Resulta totalmente imposible andar por las calles, todas las casetas están a rebosar, en un metro de tablao hay 3 parejas bailando sevillanas metiéndose los dedos en los ojos y dándose codazos en la espalda: ¡es viernes de feria!
Es hora de volver al hotel, así que van a “la parada” de taxis de la feria (porque sólo hay una) y cuando se acercan un siseo estruendoso les llama la atención: “eh, eh, eh, esos guiris, ¡a la cola!”
La cola se sale de la feria y tardan unas tres horas y media en que les toque el turno para dirigirse al hotel y caer rendidos en la cama.
Al día siguiente, no puden movers a causa del dolor de pies, las agujetas, los moratones en el cuerpo, una capa de sudor amarillo que se ha secado y un barro seco que les cubre los pies hasta el tobillo pero ¡hemos estado en la feria de Sevilla!
Epílogo
Una vez en casa enseñaran a vecinos y amigos unas fotos estupendas de caballistas vestidos de corto, mujeres de flamenca bailando, niños graciosísimos con el traje típico, alguna foto propia junto a un enganche precioso (y el sombrerito cordobés de marras puesto) y “aquí la señora que se animó y hasta bailó unas sevillanas”, despertando la envidia de todos que dirán: “el año que viene vamos nosotros sin falta” a lo que los feriantes añadirán: “sí, sí, no os lo podeis perder, te lo pasas…” y esbozará una sonrisa de complicidad que esconde mucha malicia.
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